Illia, el presidente austero que debió gobernar en una época turbulenta


Era el 28 de junio y era 1966. Buenos Aires amanecía con una temperatura de menos de 10 grados, que al avanzar la jornada se estabilizaría en torno a los 12. El sol, esquivo, se dejaba ver de a ratos y hasta se insinuarían lloviznas leves y aisladas con el correr de las horas. En el invierno recién estrenado se gestaba una masa de aire polar que hacía prever temperaturas más bajas. Y algo peor. El ruido a sables en el corazón de la Ciudad y el desplazamiento desde la noche anterior de tanques que rodeaban la Casa Rosada anticipaban un clima pésimo para la salud de la República.
La agitación gremial, un clásico de la época, daba marco tenso a aquellas horas, cuadro agravado por una ciudadanía indiferente y apática, y una hostilidad puntual hacia el Gobierno en ciertos medios, en particular la revista Primera Plana, dirigida por Jacobo Timerman, acosaban hasta el asfixio a una administración presionada y sin respuestas: indefensa, se preparaba para una capitulación del mando constitucional. La nueva intrusión de los militares en la vida de la República era un fatalismo al que nadie parecía oponerse con suficiente convicción.
Arturo Illia, presidente de la República, un radical sin encuadramiento definido en los sectores partidarios dominantes, y enfrentados entre sí en aquel tiempo (balbinistas y frondicistas), parecía resignado. Sin embargo, conservaba la dignidad de su investidura y resistiría a título individual hasta último momento. Hasta fue capaz de sermonear con coraje y dignidad, cada a cara, a los golpistas que en ese momento lo echaban de la Casa de Gobierno, al cabo de una madrugada agotadora y saturada por bravatas y aprietes propios de la prepotencia cuartelera de aquellos años.
A la hora en que ese terremoto institucional sacudía al país, una edición de Clarín ganaba a la calle con un registro de eléctrica actualidad que hasta los portales de hoy, habituados a la urgencia perpetua, rendirían pleitesía. Con la palabra EXTRA a lo ancho de la página y dos líneas de tipografía catástrofe acorde al dramatismo político del momento, el diario anunciaba: “Fue depuesto Illia; dejó su despacho a las 7:25. Un oficial y 16 agentes de la Policía Federal lo acompañaba.” Al píe de la portada, en recuadro titulado último momento, se leía: “A las 9 de hoy se hallaba reunida la Junta de Comandantes en la sede del Comando en Jefe del Ejército, considerando las primeras medidas a adoptar…alrededor de las 11 se haría conocer a todo el país por la cadena de radiodifusión la proclama de la Junta.”
Hace seis décadas, a media mañana del pronunciamiento dictatorial, esa rabiosa actualidad informativa se vendía como pan caliente en los quioscos y en el voceo de los canillitas: la edición extra de este diario informaba al instante el nuevo quiebre de un proceso democrático, aunque en este caso de baja intensidad, con el peronismo, fuerza mayoritaria, y su jefe proscriptos. Y una singularidad: los dos últimos presidentes constitucionales que había tenido aquella traumática argentina bajo tutela militar, estaban fuera de juego: Juan Perón, desterrado en Madrid, y Arturo Frondizi, preso en la isla Martín García. Con ese marco electoral restringido, Arturo Illia había sido elegido presidente de la Nación el 7 de julio de 1963 con apenas el 25% de los sufragios, y un margen estrecho sobre los votos en blanco, que caracterizaban el disenso silencioso del peronismo (22%). Luego se encolumnarían, con escaso caudal, entre otros, Oscar Alende, su rival de la intransigencia radical (18%) y el ex dictador y jefe de la Revolución Libertadora, Pedro Eugenio Aramburu, con Unión del Pueblo Argentino (UDELPA), que alcanzaría 16%, cifra que expresaba las reverberaciones políticas del antiperonismo más visceral.
Aquella mañana del 28 de junio de hace 60 años había sido precedida por una larga noche y una madrugada semejante a un barril de pólvora a punto de estallar. Quince horas habían transcurrido desde que el jefe de Estado había recibido el ultimátum para entregar el mando. A las 5 de la madrugada, al ver que Illia no cedía al antojo golpista, el general Julio Alsogaray se hizo presente en el despacho mayor de la Casa Rosada, con la misión de comunicarle al jefe del Ejecutivo que había sido destituido, y una segura convicción de que se llevaría la rápida rendición presidencial. Se equivocó.
El presidente, quien a pesar de la hora y las circunstancias infrecuentes, estampaba su autógrafo en una foto de alguien que la esperaba del otro lado del escritorio, levantaría la vista y observaría la estampa solemne y adusta del general Alsogaray, acompañado de los coroneles Luis César Perlinger (h) y Luis Prémoli, éste ducho en los menesteres del golpismo criollo y Hugo Miatello, entre otros de esa comitiva de conspiradores destituyentes. Illia rompería el hielo de la crucial atmósfera. Y en un segundo pondría sereno fuego a un diálogo recogido por fuentes de la época, luego ratificado por investigaciones posteriores:
Illia: -¿Quién es usted?
Alsogaray: – Soy el general Alsogaray y…
Illia: -Espere, estoy atendiendo a un ciudadano…
Alsogaray: -Vengo a cumplir órdenes del comandante en jefe…
Illia: -El comandante en jefe soy yo. Mi autoridad emana de la Constitución, que usted ha jurado cumplir. Usted, a lo sumo, es un general sublevado. Usted no representa a las Fuerzas Armadas, sólo representa a un grupo de insurrectos. Usted, y quienes lo acompañan, actúan como salteadores nocturnos que, como los bandidos, aparecen de madrugada.
Alsogaray: -Lo invito a retirarse, no me obligue a usar la violencia.
Illia: – ¿De qué violencia me habla? La violencia la desataron ustedes en la República … Ustedes le han causado muchos males a la Patria y se los seguirán causando con estos actos. ¡Retírense!
El cortejo golpista se iría, pero transcurrida una hora volvería, con una actitud aún más enérgica, al mando de una nueva comitiva. El coronel Perlinger, quien con los años haría su mea culpa y abjuraría de esa infausta excursión golpista en las sombras de la noche, sería el jefe de ese desalojo, pero inicialmente no lograría quebrar la voluntad del presidente. Hasta llegaría a decirle: “Por favor, doctor, no lleguemos a esto”. Frustrado, también se iría sin la capitulación del jefe de Estado, pero sólo para regresar poco después al frente de un escuadrón de policías federales, armados con pistolas lanza gases, como si trataran de reducir a un delincuente y no al presidente constitucional. Perlinger sólo atinaría a decir: “Doctor Illia, su seguridad está garantizada, pero usted está destituido. No puedo garantizar la seguridad de la gente que lo rodea si no terminamos esto ya mismo.” Illia se quedaría con la última palabra esa madrugada, antes de aceptar que el golpe ya estaba consumado.
Illia: –Yo sé que su conciencia le va a reprochar lo que está haciendo.
Ya dirigiéndose a la patrulla policial, les daría a sus integrantes la estocada simbólica con que se abate a los toros embravecidos: “A muchos de ustedes les dará vergüenza cumplir las órdenes que están recibiendo…Algún día tendrán que explicar esto a sus hijos y sentirán eso, una profunda vergüenza …”
Perlinger: -Usaremos la fuerza.
Illia: -Es lo único que tienen.
Según contaría mucho tiempo después el jefe del Ejecutivo derrocado, su hija Emma, entonces una joven de 26 años, quien lo acompañaba, reaccionaría con el ímpetu de su juventud: “Papá, agarremos un revólver y empecemos a los tiros con estos tipos”.
Entre los atropellos de la pandilla policial que lo estaba desalojando de la Casa de Gobierno, en medio de los desordenados vítores de militantes y funcionarios que lo habían acompañado en su resistencia civil, Illia dejaría la Rosada a las 7:30, protegido por el ministro de Educación Carlos Alconada Aramburú, el senador José Luis Vesco, el edecán aeronáutico Víctor Lecontes y el canciller Miguel Angel Zavala Ortiz. Curiosidades de la historia: Alconada, activista y funcionario de la Revolución Libertadora, había refrendado el decreto de Ley Marcial, del dictador Pedro Eugenio Aramburu, que terminaría en decenas de fusilamientos, justo diez años ante. Y Zavala Ortiz, quien aquella jornada de 1966 también sufriría la vejación institucional del golpe, en junio de 1955 había encabezado el bombardeo contra Perón en la Rosada, con un saldo de alrededor de 400 civiles asesinados en la Plaza de Mayo y aledaños. Toda una dolorosa parábola de la tragedia de aquellos años como lo fue la del desencuentro de peronistas y radicales, víctimas ambas fuerzas políticas del militarismo de una Argentina extraviada.
Una vez afuera de la Rosada, en plena calle, con el golpe ya triunfante, como presidente derrocado, como un ciudadano más, Illia amagó pedir un taxi apenas dejó el sillón de mando. Estaba tan aturdido por el estrés al que había sido sometido, que ni siquiera quiso usar un auto oficial para ser trasladado a un destino seguro. Finalmente, con algunos funcionarios sería llevado en automóvil particular a la casa de un hermano suyo, en la localidad de Martínez. En un comunicado la nueva dictadura anunciaba que aquel 28 de junio sería día laborable, que habría clases, transporte público, y toda otra actividad vinculada al mundo del trabajo y las empresas se desarrollaría con normalidad. Toda una paradoja: se garantizaba la libertad de expresión, aunque se desoía el mandato ciudadano.
Bajaba así el telón para dos años, ocho meses y dieciséis días de la administración radical de Illia. Fue un demócrata y un hombre digno, que bajo presión de los cuarteles aceptaría mantener la proscripción del peronismo: lo perseguía el fantasma institucional de su correligionario, Arturo Frondizi, quien en los comicios legislativos de marzo de 1962 sellaba la suerte de su presidencia, al permitir la participación del justicialismo y sus nomenclaturas alternativas en la compulsa, de la que el partido de Juan Perón resultaría triunfante en las urnas. Fue la sepultura política del radical intransigente.
Illia también debió enfrentar las tensiones, zancadillas y traiciones de un radicalismo dividido, pero nada dañó tanto su gestión como el asfixiante “plan de lucha” de la CGT, que tuvo lugar desde su asunción hasta 1965 con un impacto demoledor: 11.000 fábricas y establecimientos tomados a mediados de 1964, con más de tres millones de obreros movilizados. Huelgas frecuentes y un fuerte activismo callejero. Las calles eran el escenario de una riña política de inusual intensidad: un clima de agitación social que fue caldo de cultivo para el golpe en gestación: el sector mayoritario de las Fuerzas Armadas se deleitaba en espera del zarpazo final.
El hasta entonces quinto gobierno radical de la historia, luego de los dos mandatos, el segundo inconcluso, de Yrigoyen, y los de Alvear y Frondizi, disminuyó la desocupación, acrecentó el sueldo real, y alumbró la legislación sobre el salario mínimo, vital y móvil. A pesar de la agresiva presión gremial jamás recurrió al estado de sitio para hacer frente al turbulento clima social. Su punto más celebrado o cuestionado, según quién juzgara, fue la anulación de los contratos petroleros de Frondizi, que habían abierto el paso a la explotación extrajera.
La sátira extrema de un sector del periodismo identificaría su gestión con la lentitud de las tortugas, pero el presidente desmentiría esa fama con una norma clave para la salud, como fue la ley que reguló el mercado de medicamentos, conocida como “ley Oñativia” (su ministro de salud), un intento de poner orden, control y cierta planificación del Estado en un territorio virgen, en el cual abundaban las irregularidades y excesos en el apetito del lucro. Algunos investigadores, economistas, políticos y estudiosos del mercado de la salud asociarían el golpe de Estado de hace seis décadas a la sanción de esta ley.
El historiador francés Alain Rouquié definiría al presidente Illia como “demasiado débil o demasiado respetuoso de las formas democráticas”. El académico estadounidense Robert Potash lo describiría “alto y erguido, pero con el cabello canoso y un rostro que transmitía una sensación de tristeza”. Desde Madrid, Perón pediría “desensillar hasta que aclare”. Lo que vino fue la oscuridad total: la Junta de Comandantes designaría a Juan Carlos Onganía, un general nacionalista, católico ultramontano y preconciliar, como nuevo presidente de facto de la Nación, al frente de la Revolución Argentina. Hace seis décadas, Illia caía bajo el peso de los tanques y las armas. Dejaba el poder uno de los últimos gobernantes austeros y decentes. Si algo lo define es que llegó a la presidencia con 400.000 pesos (alrededor de US$ 2.700) de patrimonio, más una casa y un coche. Cuando lo echaron, sólo le quedaría la modesta casa en Cruz del Eje, su patria chica adoptiva. Había perdido plata y coche y hasta renunció a su jubilación presidencial. Moriría el 18 de enero de 1983, en el marco de una austeridad vecina a la pobreza. No llegaría a enterarse del triunfo de su correligionario Raúl Alfonsín sobre el peronismo, la gran obsesión de su honesta vida política.
Fuente: www.clarin.com



